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EL MEDALLERO

TRIBUNA TAEKWONDO

Como Secretario General de la Federación Vasca de Taekwondo he considerado oportuno aprovechar un pequeño rincón de la página para informar, reflexionar o, simplemente comentar sobre aspectos de muy diferente índole relacionados con nuestro deporte buscando siempre como objetivo final la promoción y difusión del mismo.

Este rincón está abierto a todos los practicantes y aficionados al taekwondo y al deporte en general y, podeís enviar a la Federación Vasca material informativo que considereís de interés general, siempre que pueda ayudar a mejorar, desde el respeto y la cordialidad, cualquier faceta de éste espectacular deporte olímpico y Arte Marcial.

Espero que os guste ésta nueva iniciativa y gracias por vuestra colaboración.

Alberto Ibáñez Egia
Cinturón Negro 2º Dan
Periodista

ORDENAR EL CAOS

Una de las personas que mejor conoce el enredado mundo del deporte es, probablemente, el señor Luis Solar Cubillas. Recientemente he leído un artículo suyo en un número de la revista Plazan (editada por la Asociación Vasca de Gestores del Deporte KAIT) con el inquietante título: “Deporte y caos”. El término caos aplicado al deporte en sentido literal como gran desorden y confusión. Y razón no le falta. ¿Cómo no va a existir caos en esa panoplia deportiva de organigrama infinito? Ordenar ese caos se me antoja imposible. Una auténtica utopía. Se cambian periódicamente las Leyes del Deporte; los Estatutos y Reglamentos federativos se renuevan en cada nueva legislatura; las leyes antidopaje se van adaptando lentamente a las transformaciones de delito y delincuente; y así podíamos seguir hasta la noche de los tiempos.

Desde el s. XIX el deporte forma parte la vida cotidiana con naturalidad. Ese mensaje formal de que el ejercicio físico es manantial de salud cautiva al sedentario más recalcitrante y dura hasta nuestros días. Los médicos aconsejan moverse para regular colesteroles, glucosas y demás parámetros vitales; la tiranía de la moda obliga a una disciplina espartana contra las calorías para lucir cuerpos apolíneos. Una auténtica cruzada buscando la inmortalidad. Aprovechando la coyuntura las clínicas de lo estético crecen como setas, con una ilimitada oferta de posibilidades para arreglar cualquier parte incómoda de nuestra maltrecha anatomía, desgastada por el uso y el inevitable paso de los años (sin mencionar a los que ya traen los defectos de fábrica). El corolario sería: “el deporte es necesario para vivir saludablemente”.

“Ese mensaje formal de que el ejercicio físico es manantial de salud cautiva al sedentario más recalcitrante y dura hasta nuestros días”.

Lo que no parece tan imprescindible es la densa red de Instituciones, Federaciones (internacionales, nacionales o autonómicas), Confederaciones, Tribunales de justicia y administración deportiva, Comités, Delegaciones, Fundaciones, Asociaciones (de Federaciones, gestores, árbitros, deportistas profesionales y de alto nivel, prensa deportiva, aficionados, etcétera) ya sea en colegios, escuelas, universidades, clubes y centros deportivos públicos o privados, de países, ciudades, pueblos y barrios. Además de sus correspondientes áreas gestionadas en Gobiernos, Diputaciones y Ayuntamientos. Como política y deporte son malos compañeros de viaje, aquí cada uno intenta cumplir su papeleta con mayor o menor fortuna. Un dato significativo son las 48 federaciones deportivas censadas hace unos años en el País Vasco, cifra que se va incrementando progresivamente. Una cifra mareante. Hay más federaciones que disciplinas deportivas. Controlar éste conglomerado no es fácil. Y hacerlo con eficacia menos.

La columna vertebral de este mamotreto del sport necesita para funcionar lo que algunos denominan con displicencia “el trabajo de voluntarios”. Voluntariado peculiar emulando a una de las miles de O.N.G., donde se da por supuesto que nadie ha sido obligado a desempeñar su menester. La condición primordial es ser austero y templado, ya que el peculio que se maneja por la dedicación ante esa falta de “ánimo de lucro” es muy limitado. No es de cero euros, como pregona lastimero algún pseudoprobo directivo, pero si acostumbra a ser testimonial, a veces disfrazado de dieta o gasto de representación. Ese voluntario anónimo merece un respeto y tiene una dignidad. Claro que existen excepciones. Y algunas sonrojantes. Pero esa es otra historia.

Solar dice: “El deporte escolar queda superado por el deporte en edad escolar”. Añadiría que el deporte escolar queda superado por los deportistas. Escolares o talluditos. Vivimos en la sociedad más deportiva que ha existido en la historia y la tradicional torpeza humana es incapaz de manejar razonablemente éste circo de varias pistas. Los deportistas excelentes salen porque tienen que salir y las medallas olímpicas se consiguen, para el orgullo patrio, si suena la flauta. Eso sin desmerecer el esfuerzo y sacrificio de cualquier deportista en cualquier disciplina.

“El deporte escolar queda superado por los deportistas. Escolares o talluditos. Vivimos en la sociedad más deportiva que ha existido en la historia”.

La estructura deportiva lleva camino de fagocitar a las federaciones y, lo que es peor, a los propios deportistas. Tanto grupo de inversión buscando su oportunidad, empresario sin escrúpulos, deportista mercenario ávido de fortuna y dirigente codicioso por ahí suelto. Marcas comerciales de difusión planetaria, promotores y agentes deportivos que inventan cada día nuevos modelos de negocio con clara influencia anglosajona.

Un ejemplo actual son los gimnasios denominados “Low cost”. La última tendencia de explotación de la cultura del deporte basada en sesudos y rigurosos estudios económicos. Una oferta tan aparentemente atractiva y barata puede atraer a un número ingente de personal en busca del ejercicio “fácil y cómodo”. No importa que dure en el recinto el aprendiz de atleta una semana, un mes o seis. Qué más da. El caso es que la caja no pare de hacer ruido.

En el caso de las Artes Marciales, si se quieren aprender sus técnicas sin hacer el ridículo, así como obtener un cinturón o grado de manera honrada, es aconsejable entrenar unos años y seguir disciplinadamente las enseñanzas de un/a entrenador/a con experiencia y titulado/a legalmente en un Club federado. Eso si se quieren hacer las cosas como dios manda. Siempre habrá iluminados que prefieran seguir los consejos de una colección por fascículos encuadernables, con sus videos de regalo, o creer eso del “aprenda a defenderse rápido y barato”.

Los Clubes o Escuelas-Gimnasio a la antigua usanza están abocados tristemente a ser piezas de museo. Dentro de no muchos años esos santuarios del ejercicio compartido y la sana amistad, como las tiendas de ultramarinos o las librerías o los cines, pasarán a ser reliquias urbanas. Una rara avis de gran valor pero en peligro de extinción. Las generaciones venideras desconocerán el ambiente que se respiraba entre aquellas paredes pintadas impregnadas de sudores que dejaban una huella imborrable en cuerpo y espíritu.

“Pensamos inconscientemente que cualquier tiempo pasado fue peor y, poco a poco, casi sin darnos cuenta, van desapareciendo aquellos establecimientos de barrio que nos acompañaron desde la infancia.”

Ahora seguimos la tiranía del progreso y la moda. Pensamos inconscientemente que cualquier tiempo pasado fue peor y, poco a poco, casi sin darnos cuenta, van desapareciendo aquellos establecimientos de barrio que nos acompañaron desde la infancia. Ha llegado la última “revolución” del deporte. Y viene para quedarse. El mejor gimnasio o centro deportivo. Es grande, sus aparatos no se estropean, accesible y barato. Quien da más. Simplemente salir a la calle a pasear. Hasta el Barón de Coubertin esbozaría una sonrisa de felicidad trotando o pedaleando o patinando con sus cascos por parques y avenidas. Se disfruta complaciente de bonitos rincones de tu ciudad, sin horarios, nadie molesta y, si te esfuerzas, consigues los objetivos sudando
como un pollo urbano.

Como decía don Luis ordenar éste caos del mundo del deporte puede ser una decisión personal, pero al final lo más sencillo siempre resulta lo mejor. De momento vamos a aprovechar lo que tenemos en el presente antes de vivir sólo de recuerdos amarillentos en nuestra memoria. Y eso si no la perdemos también.

Alberto P. Ibáñez Eguia 2014

TAEKWONDO O “LOS QUE ROMPEN LADRILLOS”

Corren tiempos donde la tecnología facilita la inmediatez y nos comunica a todos con casi todo, en claro perjuicio de las eternas conversaciones de barra de bar. La trascendencia en la información de los audiovisuales puede tener imprevisibles consecuencias si el profesional de turno manipula o tergiversa o, sencillamente, ignora los fundamentos esenciales del asunto que teclea  desaforadamente en su artilugio electrónico-digital.

“…el prestigioso locutor, para referirse a nuestro deporte, tuvo el descaro y el chabacano sentido del humor de definirlo como “esos que rompen ladrillos”.

En cierta ocasión, hace ya algunos años, escuché anonadado en una emisora de amplia audiencia y  horario nocturno, como el prestigioso locutor, para referirse a nuestro deporte, tuvo el descaro y el chabacano sentido del humor de definirlo como “esos que rompen ladrillos”. Y se quedó tan ancho. En aquel momento sentí la sangre hervir por las venas e imaginé la acción de hacer añicos en su cabeza, con los cascos puestos,  un grueso y sólido ladrillo. Los archiconocidos gacetilleros de las ondas, se me antoja, no sólo parece que disfrutan haciendo  descalificaciones personales y  “sesudos” comentarios, sino que con más frecuencia de la necesaria presumen de  profesionalidad ante sus miles de oyentes que soportan indefensos, de manera estoica y con santa paciencia  entrevistas vacías y peroratas tan irrelevantes como faltas de contenido.

El deporte por excelencia de éste país llamado España es el balompié. Nos guste o no. El balompié y ese variopinto mundillo macroeconómico que arrastra y su cotilleo inacabable “de ricos y pordioseros”. Se trata, nadie lo pone en duda, de una actividad respetable y modus vivendi de miles de familias, donde incluyo a medios de comunicación. Lo mínimo exigible es un respeto a todos y todas las actividades deportivas, entre las que se encuentra el taekwondo, que apenas tiene un miserable hueco en las páginas y programas deportivos.

“Se podría utilizar ese ladrillo para romper la crisma a esos individuos e individuas, que son legión, de escasa catadura moral e intelectual, auténticos profesionales de la hipocresía, que utilizan su efímera situación de privilegio en cargos de mayor o menor relevancia para llenar su bolsa o, en su defecto, atiborrar su insaciable ego…”

Cualquier persona en sus cabales sabe que el saludable aprovechamiento del ocio es fundamental en el mosaico cultural de cualquier territorio. La pregunta es: ¿cómo habiendo tantas actividades deportivas y, por ende, tantos miles de practicantes y aficionados únicamente se habla, comenta y analiza una de ellas a todas horas? La respuesta es bien simple. Poderoso caballero es don Dinero. Las legendarias figuras del deporte del pasado no darían crédito al mareante movimiento de cifras que se maneja con  pasmosa naturalidad.

Vivimos atrapados en tiempos difíciles. La mediocridad está a la orden del día ante la indiferencia de la mayoría. Hay una oscura complacencia por lo banal de la que será muy  difícil,  o más bien imposible, escapar indemnes.  Mejor se podría utilizar ese ladrillo para romper la crisma a esos individuos e individuas, que son legión, de escasa catadura moral e intelectual, auténticos profesionales de la hipocresía, que utilizan su efímera situación de privilegio en cargos de mayor o menor relevancia para llenar su bolsa o, en su defecto, atiborrar su insaciable ego de falsas apariencias de poder.

Disfrazados con  traje (de Tucci o Armani, según sean sus posibles) y escondiéndose en el universal y desgastado concepto del “sin ánimo de lucro” ven pasar el tiempo entre comidas, viajes y reuniones. Este tipo de gente VIP (vil ingrato personaje) ha crecido en multitud de sectores sociales  como  hongos (cada vez menos por la crisis) y, curiosamente, en un país-ciudad que intenta de manera reiterativa organizar unos Juegos Olímpicos que ayuden algo a salir del pozo. Pero pasaron las “èpocas felices” y ahora tocan bastos.

Gracias a los dioses del Olimpo todavía quedan hombres y mujeres honestas, que se dejan la piel todos los días en hacer lo mejor posible su trabajo y son ejemplo pero, lamentablemente, cuando se trata de un deporte humilde, los resultados  no pasarán de una nota breve en cualquier periódico de provincias. Es algo que escapa a mi comprensión. Volviendo al programa radiofónico de marras y a su ínclito director, de cuyo nombre prefiero no acordarme,  alguien debería asesorar a ese señor explicándole que la Selección Española de Taekwondo, o “esos que rompen ladrillos”, ha logrado decenas de medallas en multitud de campeonatos mundiales y europeos. Por no hablar de la magnífica actuación  de los taekwondistas en las Olimpiadas de Seúl y Barcelona como deporte de exhibición y, años más tarde, ya como deporte oficial en Sydney, Atenas, Beijing y Londres. Estas últimas y casi perfectas olimpíadas británicas serán recordadas como el pleno absoluto del taekwondo, con tres medallas impresionantes de tres posibles. Algo deseado y necesario en el exiguo medallero patrio.

“la Selección Española de Taekwondo, o “esos que rompen ladrillos”, ha logrado decenas de medallas en multitud de campeonatos mundiales (…) Por no hablar de la magnífica actuación de los taekwondistas en las Olimpíadas…”

Esto no se ha conseguido gracias a romper ladrillos. Hay que recordar que en la clasificación oficial de la WTF o Federación Mundial de Taekwondo,  España tradicionalmente ha ocupado un lugar de honor junto a otros países potentes en éste arte marcial como Korea, por supuesto, o Irán, Thailandia, China, Azerbaiján, Taiwán, Francia y Turquía, entre otros. Por si fuera poco, como contagiado por el radiofónico, veíamos también por la TV  un anuncio donde se caricaturizaba un entrenamiento mostrando a un esperpéntico maestro de artes marciales observando impávido a dos niños agrediéndose delante de sus narices. El publicista creador de tan desagradable espectáculo se ha cubierto de gloria. No sólo se conformó con utilizar a niños de seis o siete años para lograr su objetivo comercial y crematístico sin pudor. Invita con descaro a la agresividad infantil, saltándose a la torera cualquier norma elemental de comportamiento y demostrando una falta de ética y un desconocimiento del espíritu elemental de los deportes de contacto, basados en el respeto al contrario y en la disciplina que implica su práctica.

La falta de imaginación y espontaneidad a la hora de pensar da como resultado una sociedad plana y aburrida. Convierte la vida en una rutina como el desayuno. Son factores que deterioran la verdadera imagen de cualquier actividad en beneficio de no se que sórdido interés. Es  tarea  de todo el Mundo, entendido como Planeta, defender el sacrificio y esfuerzo de los deportistas. Celebrar sus triunfos y compartir la felicidad que dan los éxitos y la tristeza de los fracasos, sea cual sea la procedencia de los mismos. Recuerdo, para acabar,  que las alegrías que nos está regalando el taekwondo  son muchas.

Alberto Ibáñez 2013

DIVAGACIONES OLIMPICAS (I)

“Los conocidos  como deportes “minoritarios” están obligados a aprovechar la temporada olímpica, donde un inusual y vasto despliegue informativo hará que conozcamos modalidades deportivas que parecían sólo existir en la literatura decimonónica o en el cine chino de puñetazos y patadas (…)”

Al Barón Pedro de Coubertin, aquel escritor y aristócrata francés que ha pasado a la historia como  artífice del renacer de la Olimpíada, se le caerían los palos del sombrajo si pudiera ver hoy, sentado en su butacón, la repercusión mediática del sueño denominado pomposamente en su segunda juventud: Juegos Olímpicos Modernos de verano (porque también hay de invierno, por supuesto).

Una buena idea  tuvieron los griegos  y  ojalá se hubiera podido mantener hasta nuestros días, la bonita tradición de realizar una tregua y cesar todas las hostilidades durante los días que durara la celebración. Las autoridades deberían organizar estos Juegos más a menudo, todos los años, para disfrutar de un mundo más sano y en paz total.

Aquel peregrino pensamiento del Barón desembocó en un movimiento universal de carácter cuadrienal que bien podía también ser entendido como un alzamiento de las federaciones deportivas internacionales acaudilladas por el Presidente del Comité Olímpico Internacional (conviene tener cuidado con los movimientos multitudinarios porque siempre esconden dogmatismos y personajes sospechosamente peligrosos).

En esa especie de confraternización a escala planetaria, los pilares serían el esfuerzo físico y los valores morales del hombre y la mujer, sin olvidar un componente cultural para el  enriquecimiento intelectual. El lema del espíritu olímpico rezaba: “lo importante es participar”, pero escondía un alter ego  espectral cuya prioridad era ganar. Ganar y ganar. No sólo las medallas con los récords de turno y la corona de olivo, también prestigio político, influencia internacional y, lo más importante, dinero. Sin dinero no hay juegos, ni olímpicos ni nada.

Una seductora utopía  se apodera de los países aspirantes a organizar el lío. Es obvio que un evento de tal magnitud incide en el crecimiento económico con el auspicio de una pujante industria del deporte. Esta versión del plan Marshall  es una locomotora gigante que arrastra una colosal estructura financiera de miles de millones de dólares. Pero requiere paciencia. Esperar cuatro largos años para  contemplar el entretenido espectáculo estival de música, luz y color, cuya maquinaria, siempre engrasada, no se detiene ni un segundo. Como lo demuestra que muchos deportes   hayan comenzado  las pruebas  para obtener el ansiado pasaporte a Londres el año 2012. El singular tren sigue su camino y es observado con detenimiento por cientos de millones de personas de los cinco continentes, pero sólo se detiene en unas paradas determinadas por las que hay que luchar como titanes: Australia, Grecia, China, la próxima será el Reino Unido, y espera ansioso  Brasil, que ya está construyendo su particular e innovadora estación. Africa todavía espera al milagro olímpico. Se necesita una infraestructura apropiada para recibir a miles de atletas y visitantes, intentar mejorar la organización anterior y estar en el punto de mira del mundo. Otros aspectos, como por ejemplo la defensa de los derechos humanos en  los países miembros del COI o el todavía exiguo papel de la mujer en la dirección deportiva en general, por lo visto son prioridades menores.

Los conocidos como deportes “minoritarios” están obligados a  aprovechar la temporada olímpica, donde un inusual y vasto despliegue informativo hará que conozcamos modalidades deportivas que  parecían existir sólo en la literatura decimonónica o en el cine chino de puñetazos y patadas, como el esgrima o el tiro con arco o el taekwondo. Y eso con la esperanza de que un atleta de esas especialidades tan desconocidas  suba al podio y, que los  deportes “mayoritarios” estén de capa caída, porque de lo contrario tampoco interesan en exceso a los medios y, por ende, a los espectadores.

Los máximos  protagonistas de éste festival mundial del ejercicio físico son los deportistas y, la mayoría de ellos, no son ”inmortales” leyendas, famosas y archimillonarias, que anuncian sin pudor ropa interior, coches o lo que sea. Para  los atletas, anónimos y mortales, puede ser éste el mayor éxito de su sacrificada vida y así seguir recibiendo unos ingresos de becas,  o de los Gobiernos Autónomos o de las autoridades municipales  para poder entrenar cada día y pagar la hipoteca. Para los “inmortales”  es como completar un círculo de triunfos, sentir el placer del éxito, de ser el mejor,  ya que el aspecto crematístico lo tienen  asegurado.

España despertó  en Barcelona’ 92 consiguiendo trece medallas de Oro pero no ocupa ni de lejos el lugar que le correspondería, por mucho que los políticos del gremio pregonen a los cuatro vientos las excelencias del deporte español. Muchos países, más pequeños en geografía, habitantes y producto nacional nos superan con creces.  Luego están las potencias de siempre : USA, Rusia, Alemania, Francia, China,…cuyas banderas e himnos nacionales nos aprendemos casi de memoria. Otros, como el de India o Malasia o Pakistán, pasan más desapercibidos.

La historia de los Juegos Olímpicos durante el pasado s. XX  no es precisamente la del jardín de las delicias. En el 36 Berlín porque se rindió a la propaganda nazi; sufrió dos serias interrupciones por las grandes guerras; en 1972 un grupo de descerebrados aniquiló a la delegación israelí y  está la amenaza permanente del boicoteo En el siglo XXI florece otro tipo de impedimento tan sutil como siniestro llamado dopaje,  que se extiende como una plaga bíblica.

El taekwondo ocupa un pequeño capítulo en el camino olímpico que arrancó en 1896, ya que tuvieron que pasar muchos años  hasta su debut como deporte de demostración en Seúl´ 88 y Barcelona´ 92, donde los deportistas realizaron una excelente actuación. En Sydney´ 00,  compitieron 103 taekwondistas de 51 países  y pudimos oir y ver algo de taekwondo “gracias” a la poca fortuna de otras modalidades.  En Atenas  se confirmó el taekwondo Deporte Olímpico y, como  en Pekín’ 04, no supimos aprovechar el escaparate inigualable de unos Juegos para obtener un triunfo memorable. Aquí la suerte puede ser el elemento menos influyente para alcanzar la gloria.

Por  el bien de la Humanidad  deseo que los Juegos Olímpicos se celebren hasta el fin de los días. Sabemos que no es la purga de Benito y que las guerras, las irremediables enfermedades y catástrofes naturales seguirán destrozando vidas pero, afortunadamente cada cuatro años, la alegría y la ilusión, algo consustancial al deporte, arrinconarán temporalmente las  desgracias y adversidades de unos miles de millones de personas de nuestro único planeta. Que así sea.

Alberto Ibáñez Egia

ENGAÑO Y DEPORTE

El dopaje constituye uno de los enemigos de la esencia misma del deporte. Ese fácil recurso de tomar sustancias y métodos prohibidos para modificar artificialmente el rendimiento deportivo o los resultados de las competiciones resulta atractivo para los tramposos.
Antaño, en los tiempos de grandes deportistas como Zarra, Bahamontes, Carrasco, Santana, Fdez. Ochoa, Nieto y otros no existían obviamente los actuales controles exhaustivos. Por otra parte, las ganas de salir de pobre en unos años en blanco y negro, donde no corrían tiempos para engaños ya que con un triunfo planetario podía uno comer caliente todos los días y vivir holgadamente sus familias.
Hoy, la feroz competencia, los intereses cruzados, salir del anonimato y parecer una especie de héroe intocable, rico ídolo de masas, obliga a los más desaprensivos a cruzar el umbral de lo permitido para llegar al olimpo. Aquí es donde empiezan los riesgos con aditivos extraños y estupefacientes varios. El cuerpo humano tiene unos límites y, si se traspasan, el resultado es de todos conocido. La barca de Caronte estás llena de pseudofiguras del deporte –y de otros gremios- sin escrúpulos. Individuos que buscaban un bonito trofeo que les inmortalizara y que sólo lograron una sencilla urna para sus cenizas. Desgraciadamente hay bastantes ejemplos en la historia negra del deporte. Para evitar el temido positivo el trabajo debe ser multidisciplinar, tanto desde el aspecto puramente físico y químico como el mental y psicológico, tanto de las Instituciones como de la sociedad.
Al Consejo Superior de Deportes y la Agencia Estatal Antidopaje se asigna la competencia de elaborar listas de sustancias y grupos farmacológicos, así como de determinar los métodos no reglamentarios que, se me antoja, es labor tan ardua como extensa, expuesta continuamente a modificaciones y cambios según vayan surgiendo nuevos fármacos en los laboratorios y los avances tecnológicos progresen.
El dopaje contraviene los principios y valores que se han unido al deporte desde los tiempos del Barón de Coubertin. En la ley 14/1998 del Deporte del País Vasco se dispone: “el deporte constituye una actividad social de interés público que contribuye a la formación y el desarrollo integral de las personas, a la mejora de su calidad de vida y al bienestar individual y social”. Esa misma Ley establece que las Federaciones Vascas ejercerán diversas funciones públicas de carácter administrativo y, entre ellas, se contempla la función de “prevención, control y sanción del dopaje”.
Todos sabemos que el sufrido ciclismo ha estado en el punto de mira social en los últimos años buscando posibles infracciones e infractores de cualquier estamento o categoría, desde el médico del equipo al último mecánico y desde el corredor famoso al aguador. En una ocasión escuché a un ciclista decir que era prácticamente imposible subir dos puertos de categoría especial, dos de primera y otras tantos de tercera un día si y otro también comiendo unas “hojas de lechuga, macarrones y pollo”, incluso me atrevería a decir que añadiendo barritas energéticas y bocadillos de glucosa resulta muy difícil, pero estoy convencido que con un estricto sistema de entrenamiento, fortaleza natural y tesón se alcanzan los objetivos de cada uno. La mayoría de los profesionales lucha y trabaja honradamente pero siempre hay alguna manzana podrida que, la más de las veces, es complejo encontrar.
Los famosos análisis de los llamados vampiros de la noche constituyen un azote para los profesionales del engaño. Aquellos que piensan que la EPO cera de última generación es indetectable se equivocan, la ley y la trampa van de la mano, pero siempre gana la primera.

Con todo, hay que reconocer que debe resultar difícil compaginar el ser famoso y humilde. Después de tantos sacrificios y sufrimientos luchando por triunfar en cualquier disciplina dejando atrás miles de horas en la soledad del gimnasio, carretera, piscina o donde sea, alejados de la farándula nocturna y las fiestas juveniles perfumadas. Esa autodisciplina merece una recompensa que muchas veces no llega. En ese momento aparecen las tentaciones para desviarse del camino legal y hay que ser muy fuerte para negarse.
Los árbitros merecen un homenaje especial como autoridades que son para evitar el engaño ajeno y propio. El siempre complicado arte de arbitrar de forma imparcial en cualquier deporte es obligatoriamente objeto de no pocas críticas y ninguna alabanza. Es fácil ser malintencionado o dejarse llevar por oscuros intereses. Cada vez el colectivo arbitral está más preparado y es más profesional, y no sólo en el mundo del fútbol, donde el protagonismo del colegiado roza lo excesivo y es un mérito reseñable pasar desapercibido. Las personas se equivocan y no hay que dudar de la honestidad y buen hacer de los árbitros, sin lo cuales no habría ninguna competición o torneo en ningún rincón del globo terráqueo.
Olvidando el jardín de los devaneos extramatrimoniales de figuras del deporte, lo último en engaños parece inclinarse por la ciencia pura y dura. El periodismo deportiva apunta una vez más al ya de por si castigado ciclismo con la supuesta manipulación mecánica de la bicicleta, es decir, una moto-bici camuflada que deja “tirados” a los compañeros por esos puertos de dios mientras uno asciende tranquilamente silbando una melodía sentado en su sillín. Qué será lo próximo. Balones a control remoto teledirigidos desde la tribuna o raquetas magnetizadas que saquen a 300 km./hora y paso por alto los i+d de la automoción.
Otros deportes pasan desapercibidos, no sabemos si porque nunca nadie ha cometido la menor infracción o, porque sencillamente no tienen tanto interés para la opinión pública. El rasero debe ser el mismo para todas las disciplinas, se llame ciclismo, fútbol, taekwondo, judo, esgrima, padel o ajedrez.
Siguiendo con la Ley del Deporte del País Vasco del 98 se establece que “todos los deportistas con licencia federativa para participar en competiciones oficiales tendrán obligación de someterse a los controles de dopaje durante las competiciones o fuera de ellas, a requerimiento del departamento del Gobierno Vasco con competencias en materia deportiva, de las federaciones deportivas o de otras entidades con competencia en la materia”.
Supongo que ningún joven, o no tan joven, deportista de éxito en sus cabales comerá una ensalada de danazol (no confundir con danacol), nandrolona y manitol aliñada con cortisona, pero más complicado es controlar la conveniente concentración de cafeína en la sangre o saber que dosis de alcohol o cannabis y derivados -de consumo bastante generalizado en una franja de edad donde el riesgo compartido parece menor- modifica el rendimiento deportivo.
La sana intención del Gobierno Vasco en colaboración con las federaciones deportivas, es promover e impulsar medidas de prevención, control y represión en el campo de las sustancias (larga como la lista de reyes godos) y métodos prohibidos (también en continuo crecimiento).
Espero que ésas actividades informativas, formativas, divulgativas, de sensibilización y prevención en materia de salud y dopaje ayuden a limpiar el deporte de pillos en cualquier ámbito y el que cometa un fraude lo pague, además de con su cuerpo y conciencia, que eso ya viene incluido con la siniestra receta, con una sanción ejemplarizante.

Alberto Ibáñez Egia

LOS COLORES DE LA ROJA

Se abre el telón y empieza el gran espectáculo universal, el Mundial. ¿Qué pasaría si España gana el Campeonato del Mundo de Fútbol en Sudáfrica? Pues aparentemente nada, pero muy aparentemente. Ya es hora. Con todo la vida va a seguir su inevitable curso gane o pierda.
Manolo reventará a golpes su magullado bombo mundialista cargado de ilusiones y, sin que sirva de precedente, con más posibilidades de triunfo que nunca o al menos eso dicen los entendidos. Olvidar las frustraciones pasadas y pensar en la gloria como único objetivo. Algunos pueden creer ingenuamente que la hazaña creará pleno empleo y hará de la crisis algo trivial, sin importancia, casi imperceptible, que sólo se leerá en alguna pequeña columna de la sección económica de los diarios. Que nuestros bolsillos se alegrarán y la gente, la sufrida afición será feliz. Esto último puede que ocurra. Se me antoja que será una euforia pasajera fruto de la enajenación colectiva, al final siempre queda una sensación de felicidad efímera, como lo fue en su día el torneo continental. A por ellos, la roja, podemos, claro que podemos, sólo hay que llevarlo a cabo. Ahora sólo queda ganar los partidos por muy primeros del ranking FIFA que seamos.
Los protagonistas del festival son los jugadores y esos son los que realmente estarán en una nube y ojalá aprovechen la ocasión y no se nuble su inspiración. Homenajes por doquier, entrevistas y reportajes en todos los medios de comunicación habidos y por haber, todas las alabanzas del mundo y un generoso suplemento salarial como para no olvidar ese momento histórico tan solo comparable con nada porque sería la primera vez. No es extraño tanto desenfreno en un país donde se celebra casi todo como si fuera la última vez. En otros lugares como Francia, Italia o Alemania, que están más acostumbrados a ganar mundiales o llegar a la final, supongo que la euforia será algo más reducida.
En el tenis empieza a pasar, de las figuras hispanas que alguna década del pasado siglo nos sorprendía ganando un Grand Slam de esos, al señor Nadal, que empieza a convertir las hazañas esporádicas en victorias cotidianas, con un dominio absoluto de la situación, donde la única incógnita es saber quien quedará segundo en tal o cual torneo.
La ausencia de triunfos espolea a la afición, pero cuando se traspasa el umbral de lo humano para convertirse en leyenda del deporte, como le ocurre al balear, parece como que hay que buscar excusas y relativizar los éxitos. Que si el contrario está agarrotado por el miedo, que si ha salido de un infierno de lesiones, que si su fisioterapeuta no es precisamente una eminencia, que el material es de última generación y mejora el rendimiento, etcétera. Aquí comienzan las feroces críticas, quizá con elevadas dosis de envidia , incluso indagando en la vida personal y hábitos del deportista, sus manías y aficiones, buscando las más de las veces algo sórdido o escondido que pueda dañar al ínclito. Eso que llaman juguete roto atrae el interés del público y los mismos que antes aplaudían como locos ahora lo ponen a bajar de un burro, sino que se lo digan al bueno de Tiger, pero eso es otra historia.
El mundo de la prensa deportiva está de enhorabuena. Todavía el equipo español no ha llegado a abrumar con los triunfos, pero no hay que olvidar que es el favorito en las apuestas. Salió de las tinieblas en la Eurocopa pero para de contar. Ahora tenemos otra gran oportunidad para mostrar a la humanidad esa identidad de excelente equipo que espero no se pierda en el tiempo como lágrimas en la lluvia, recordando las inolvidables frases del androide de Blade Runner. ¡Es tiempo de ganar!

EL GOLPE OLIMPICO

Cada día está más cerca la Olimpiada de Londres. Quedan unos cuantos meses para que nuestro deporte vuelva a sonar en los más relevantes medios de comunicación social.
Desgraciadamente el taekwondo, junto a otros muchos deportes, “sólo” tiene que esperar cuatro años para disponer de unos minutos de gloria en internet, prensa, radio y televisión. Y eso teniendo un resultado deportivo aceptable, como así lo esperamos. Necesitamos que los competidores se cuelgen un metal del cuello y den, a parte de unos cientos de patadas y puñetazos para clasificarse primero y, más tarde y con bastante suerte, estar entre los pocos elegidos de todo el planeta para participar en los Juegos Olímpicos. Eso ya es un triunfo. Luego queda el complicado camino de pasar las rondas eliminatorias y ganar. Algún día llegará, quien sabe, ese golpe tan ansiado como contundente que despierte a esos miles y miles de personas que, todavía hoy, en el siglo XXI, asocian al taekwondo con aquellas películas de ambientación oriental que caricaturizaban a las Artes Marciales y nos mostraban a un personaje de comic con pretensiones sangrientas que sacudía mamporros a diestro y siniestro.
Cualquier parecido con aquella realidad que nos vendían es pura coincidencia. Con todo, tenemos que estar agradecidos al mito de Bruce Lee que sigue siendo, muchos años después, el abanderado de las peleas del celuloide que en poco o nada se asemejan a los pacíficos y sacrificados deportistas que practican estas modalidades deportivas.
Con los años, el taekwondo ha mejorado notablemente. Actualmente es un deporte oficial olímpico reconocido por el C.O.I., tiene una estructura federativa consolidada, unas reglas específicas, un arbitraje que mejora con la tecnología, evitando los habituales, y algunas veces sospechosos, errores humanos y unas características técnicas perfectamente definidas. Supongo que nadie en sus cabales confunde el balompié con el baloncesto o con el balonmano o con el balónvolea, aunque todos ellos utilicen un balón, o pelota, o esférico para su práctica. Existe una costumbre, compartida por mucha gente, de tratar homogéneamente a todos los deportes de más o menos contacto físico, llámense karate, judo, taekwondo, kung-fu, kendo, etc. Por otra parte, resulta incongruente que algo tan noble y secular como la lucha entre dos hombres o mujeres basada en el respeto, la corrección y unas reglas aplicadas con justicia, tenga una preocupante minoría de adeptos y una ínfima repercusión pública, mientras que otros deportes adquieren la categoría de religión y son seguidos por miles de aficionados (algunos, extremadamente fanáticos) que gritan encolerizados y hechizados al compás del baile de millones de euros. Ese despliegue masivo de medios, tan espectacular e increíble, impide toda reflexión sobre los causantes de esta locura colectiva y confusa que seduce a la mayor parte de una sociedad de comportamientos contradictorios y, a veces, hasta enfermizos.

Es saludable recordar a la gente que existen otros deportes. El taekwondo es uno de ellos. Quienes llevamos tres décadas o más relacionados directa o indirectamente con esta disciplina deportiva hemos observado unos cambios en las costumbres sociales. Los mal llamados deportes violentos tienen que abrirse el camino a patadas, y nunca mejor dicho, para que les hagan un mínimo de caso. Otros deportes, al contrario, reciben todo tipo de bendiciones aunque generen una virulencia tolerada muchas veces por la publicidad, el dinero y el impacto social que llevan implícitos. Esto sucede en todos los ámbitos, y el mejor ejemplo lo vemos en la calle. Si hiciéramos una encuesta cuya primera pregunta fuera ¿qué significa para Vd. taekwondo ? las respuestas serían variopintas : unos contestarían que un juego chino, otros dirían que karate de ése (con perdón para nuestros amigos karatekas), ésos que sé pegan patadas envueltos en un traje blanco ; algún despistado puede añadir que un nuevo medicamento tibetano, que sencillamente no saben o yo qué sé. La ignorancia, con los años, ha ido disminuyendo, pero todavía hoy se mantienen unos parámetros preocupantes.
Los resultados deportivos son excelentes y los combates de nuestros taekwondistas cada vez más espectaculares. La trascendencia de estos triunfos no suele ir más allá de la ciudad o pueblo o barrio que vio nacer al competidor, pero observo felizmente un mayor seguimiento, aunque todavía es mínimo, hacia estos deportistas de élite que consiguen medallas en los cinco continentes con una compensación económica raquítica. Y menos mal que desde el empujón de Barcelona´92 se dignificó el trabajo de muchos de ellos con becas y diversas ayudas de Gobiernos, Instituciones y empresas varias.
Gracias a los denodados esfuerzos de las distintas federaciones territoriales y a la gestión valiente y eficaz de la Federación Española, Consejo Superior de Deportes y Comité Olímpico Español, canalizadas en la misma dirección, se van alcanzando unas cotas sencillamente inimaginables hace sólo unos años. El deporte y sus protagonistas, los deportistas, son los beneficiados por este gran trabajo.
Todos tenemos que intentar mantener el buen rumbo de esta nave llamada taekwondo para que la motivación y los triunfos sigan alimentando las ilusiones de miles de aficionados a un bello y atractivo deporte cada vez menos desconocido. La singladura es larga pero merece la pena.

ALBERTO IBAÑEZ EGIA

TAEKWONDO : EL INICIO DEL CAMINO

Muchos taekwondistas dieron sus primeros pasos por esta disciplina gracias a encontrar un gimnasio cerca de su casa. Hace veinte años no se conocía la palabra taekwondo, por aquel entonces se denominaba Karate Koreano,  un término más familiar.

Las sensaciones de los primeros días nunca se olvidan y quedan grabadas a fuego en nuestra memoria. Primero, la aparición de los habituales dolores musculares, las molestas agujetas  en cuerpos necesitados de ejercicio físico ; luego, las muchas torpezas que se cometen son afortunadamente compartidas por el resto de compañeros : hacer bien el nudo del cinturón, la orientación básica en el Taeguk Il Chang, el equilibrio (o, mejor dicho, la falta del mismo), los “complejos” giros,  conseguir un mínimo de elasticidad que nos haga pasar inadvertido durante la clase (para algunos es su objetivo primordial, ya que hacen gala de un anquilosamiento asombroso). En fin, toda  una suma de pequeños despropósitos donde, gracias al buen hacer y  paciencia del profesor, cada hora de clase pasa sin apenas darnos cuenta, deseando que llegue el próximo entrenamiento.

Todavía recuerdo el respeto que teníamos a cualquier cinturón negro (respeto que hoy, en gran medida, se ha perdido), más bien impresionaba cualquier cinturón que no fuera de color blanco y que infundía a su propietario una superioridad especial que todos envidiábamos, soñando con estar algún día en la primera fila.

Otro punto que siempre he resaltado es el de la amistad con mayúsculas. ¿Quíen no ha hecho amistades en el gimnasio ?. El vestuario constituye un lugar de encuentro donde el personal no sólo se ducha y se cambia de ropa, sino que también prescinde de esa máscara que todos nos ponemos en la vida ordinaria para ocultar defectos y traumas varios. Siempre he comentado que el vestuario es una especie de gabinete del psicólogo. Una  terapia basada  en la conversación sincera y distendida, el buen humor, el esfuerzo compartido en el doyan, las ganas de entrenar y sudar el dobok y, en definitiva, el formarnos como personas en el sentido más amplio y positivo de la palabra. Escuchamos  alegrías, tristezas, anécdotas, problemas cotidianos con dosis de humor sano envueltos en una nube de vapor. Allí todos sin excepción nos desnudamos física y mentalmente tras una intensa hora de taekwondo en el que es, sin duda, el mejor y más gratificante momento del día.

Este saludable ejercicio vital lleva implícito un afecto que nos ha dejado una huella imborrable. “Una de la mejores cosas que he realizado en mi vida  fue apuntarme al gimnasio”, suelo comentar en algunas ocasiones con cierta nostalgia. El inevitable paso de los años nos cambia y transforma nuestro entorno, pero el cariño por aquellos compañeros de fatigas del club permanece intacto pese a los múltiples avatares que nos depara la vida. Los inolvidables momentos sobre el doyan, los cientos de campeonatos, los combates, cursos, exámenes, arbitrajes, etc. aumentaban la convivencia, marcados por un denominador común llamado taekwondo.

Con estas líneas animo desde aquí  a todos aquellos indecisos que en alguna ocasión han pensado en practicar taekwondo a que comiencen la andadura por ese apasionante camino. Nunca les defraudará.

ALBERTO IBAÑEZ

EL DEPORTISTA LONGEVO

“Lo raro resulta no ganar. Nos estamos acostumbrando a subir al podio de una manera habitual donde un puesto por encima del tercero parece una decepción”.

El cuerpo humano es una máquina repleta de complejos mecanismos que acaba fallando como si de un automóvil usado se tratara. Andar, correr lentamente o nadar son ejercicios saludables cuando se empiezan a coleccionar años ya que los viejos tienen tanto o más que ganar que los jóvenes. Se puede tener menos energía pero las mismas ganas que ellos. Un plan de ejercicios bien planificado  no va a detener la llegada de la vejez, pero puede atenuar el inexorable desplome de nuestro físico.  El reloj biológico sigue su camino, uno más largo que otros y, aunque algunos destacados dirigentes  del mundillo deportivo han intentado obviar una de las pocas cosas seguras de la vida,  todos tenemos una cita inevitable con la edad.

En el  deporte hay límites, aunque a veces no queramos verlos por diferentes motivos. Ese aspirante a leyenda deportiva que expone su organismo a esfuerzos sobrehumanos  a la larga conlleva negativas consecuencias, y paso por alto los mecanismos artificiales, porque esos no sólo dañan el cuerpo, también la conciencia y el espíritu, lo cual es aún peor. Pero eso es otra historia.

Es evidente que vivimos un momento dulce difícil de imaginar hace tan sólo diez años. Lo raro resulta no ganar. Nos estamos acostumbrando a subir al podio de una manera habitual donde un puesto por encima del tercero parece una decepción. En los últimos meses suena el himno nacional más veces que en los amarillentos tiempos de la dictadura y la bandera española ondea orgullosa e incrédula en los escenarios deportivos de medio mundo. Ver para creer. Vivamos el momento porque la llama olímpica se apagará tarde o temprano.

En los años 60, 70 y 80 en la Fórmula Uno sólo había algún mecánico hispano, en motos Angel Nieto y poco más, el tenis eran Santana y Orantes, esquí Fernández Ochoa….y ya en los deportes de equipo el baloncesto empezaba a brillar en los Juegos y  el deporte rey, el fútbol, no  llegaba nunca al olimpo como si hubiera recibido una extraña maldición. De repente aparece una generación de jóvenes descarados que cambian la historia: un tal Fernando Alonso arrasa en los circuitos, en las motos es un no parar de grandes pilotos, el baloncesto llega a lo más alto y el cénit de la felicidad deportiva nacional viene de la mano –o, mejor dicho, del pie- de la Roja. Un grupo de futbolistas singulares junto a un excelente director de orquesta van y logran el Campeonato del Mundo. Un hito histórico celebrado una y mil veces en un país donde el balompié marca las pautas sociales y es monotema de conversación. Otro éxito para la buchaca.

Luego está la tropa profesional, esos deportistas olvidados por los dioses del olimpo que eligieron un deporte paupérrimo de los mal llamados minoritarios y que nunca podrán llenar de ceros su cuenta corriente. Todos tienen alma de ganador pero están condenados a ver sus triunfos como algo ajeno. Estos auténticos trabajadores del esfuerzo físico siguen en la brecha gracias a las Becas de origen estatal o autonómico o municipal, gratificaciones y dietas varias vengan de donde vengan porque las copas y placas lucen mucho en la vitrina pero no dan de comer. Además sólo las recibes cuando ganas o desapareces del mapa. Con éste panorama, donde uno va buscando esa victoria planetaria que nunca llega, se estira demasiado  la cuerda y es cuando aparecen los problemas y las graves lesiones. Un deportista de élite recibe atenciones de élite. Atendidos por los mejores cirujanos del mundo mundial ya estén en Finlandia o en Nueva Zelanda y, en pocos días, a seguir ganando medallas. Siempre es un calvario estar lesionado, pero tranquiliza sentirse bien tratado. Esto sólo al alcance de unos pocos privilegiados.

El deportista profesional entrado en años, que dejó atrás su adolescencia con un duro calendario de entrenamientos y competiciones, alegrías y sinsabores, siempre a las órdenes de exigentes entrenadores y la cariñosa “presión familiar” para llegar a lo más alto, debe  también saber retirarse a tiempo. Con el paso del tiempo se pierde precisión en los sentidos y los huesos se debilitan. El corazón bombea con mayor dificultad apareciendo los infartos de miocardio y  trombos. Un espectáculo nada hermoso ni estimulante. Ese proceso de decadencia hay que asumirlo y seguir haciendo ejercicio, pero sin nostalgia de duros entrenamientos de  tres jornadas.

Los jugosos contratos con los patrocinadores de algunos y la competencia feroz de todos unida a la repercusión mediática “obligan”  a alargar la carrera deportiva. La clave parece ser empezar en la infancia y acabar en plena juventud como  Nadal, que con veintipocos años lo ha ganado todo Lleva desde niño pegado a una raqueta y lo hace como el mejor del Mundo. Algún día cercano abandonará las canchas porque ya sólo le queda mejorar los términos estadísticos. La tolosarra Pasabán ha subido a todo lo que tiene más de ocho mil metros en la Tierra y sólo puede repetir o irse a Marte. A la manida pregunta de ¿y que harás a partir de ahora? Tendrán que contestar como un rudo héroe del celuloide: “vivir día a día” y unos más holgadamente que otros, claro.

A partir de los treinta y cinco años parece un buen momento para pensar en retirarse de la alta competición. La mayoría pretende seguir vinculado al deporte que han practicado toda la vida con la enseñanza a niños y adultos o, los más sedentarios,  buscan un coqueto despacho con cargo  en el Club o Entidad de turno. Los económicamente afortunados viven holgadamente mientras  espantan a los asesores sin escrúpulos para hacer inversiones alocadas en lo que sea.  Antes de que el organismo quiera recuperar el tiempo, se pierda vigor muscular y vaya creciendo la tripa es aconsejable bajar el listón progresivamente, como aquellos jugadores que van a equipos de categoría inferior o los que viajan a lejanos países con  fines crematísticos. Luego está la posibilidad, ésta más elegante, de ser comentarista deportivo, muchas veces con más ganas que acierto, porque para hablar bien hay que leer mucho y me temo que no hay muchas bibliotecas entre nuestros admirados campeones.

Para acabar se me ocurre otra salida más folklórica: aprovechar que uno es famoso por haber sido figura o figurilla del mundo del sport, dejarse ver en entregas de premios, fiestas y saraos varios para formar parte del mundillo de los cronistas sociales televisivos al uso.

Los pocos afortunados que han conocido las mieles del éxito deben fomentar entre los más jóvenes la ilusión, esa auténtica pasión por alcanzar diferentes metas olvidando materialismos y  comportamientos frívolos y banales de la estrella de turno.

Al final el buen deportista debe ser buena gente que  hace pasar buenos momentos de felicidad, de los que estamos huérfanos, a millones de personas. Y eso es lo que queda.

TAEKWONDO, UNA SINGULARIDAD INFORMATIVA

TAEKWONDO, UNA SINGULARIDAD INFORMATIVA

“ No me imagino viendo un campeonato  comentado por un brillante competidor retirado en directo sorteando un equipamiento completo en algún canal público, privado o mixto, con sus repeticiones, entrevistas y análisis posteriores.”

En el ya lejano año 1994 el taekwondo pasó de ser un arte marcial milenario a un moderno deporte internacional confirmado como Olímpico en la Asamblea General del Comité Olímpico Internacional celebrada en París. Probablemente sea la disciplina de contacto más popular y el hecho de que lo practicaran más de 40 millones de personas en todo el planeta, fue una razón de peso para que el C.O.I. lo incluyera en los Juegos Olímpicos. Curiosamente la mayoría de las artes de lucha proceden del continente asiático, es decir, de los paises más poblados del mundo y todas, lamentablemente, ocupan un lugar ínfimo en los medios de información entendidos como la prensa, la radio y la TV occidentales.

El taekwondo, originario de Korea, constituye un completo método de educación donde se integra un apartado puramente físico, que desarrolla  progresivamente desde una edad infantil (cuatro o cinco años) el cuerpo a través de juegos de  fuerza,  resistencia,  elasticidad y  sincronización de movimientos. Unido a ese entrenamiento  también se estimulan aspectos mentales que dejan una huella imborrable en hombres y mujeres que lo practican, por supuesto  en función  del tiempo que hayan dedicado  en el gimnasio de cualquier rincón del mundo. Ese ejercicio mental incluye aumentar la atención y concentración, sentir respeto al rival, asumir riesgos, estimular la memoria y, en una palabra, mejorar la autoestima, algo tan necesario en nuestros días. En definitiva, ser buena gente.

La trascendencia social de los llamados deportes de contacto es nula. La gente de la calle desconoce en qué consiste su práctica, confunde churras con merinas,  todos parece que estamos en el mismo saco. Es inimaginable que alguien por la calle conozca el nombre de un taekwondista –hombre o mujer- campeón olímpico o mundial o nacional (a no ser que sea pariente o amigo o vecino) si apenas  saben pronunciar correctamente el nombre de la disciplina oriental de turno.

Me parece oportuno el comentario que leí de un insigne filósofo español, decía que “algún día parecerá monstruoso el espacio que ocupa el deporte en los medios de comunicación porque es incomparablemente mayor al que se dedica a otra cosa. Los lunes apenas existe más que  deporte”. Ese día ha llegado. Conocemos su importancia, pero darle esa relevancia es a todas luces excesiva, algo que ni siquiera se cuestiona.

El incesante bombardeo informativo de noticias relacionadas con seis o siete deportes (existen más de cincuenta) avasalla al indefenso oyente, lector o espectador. En una ocasión escuché por la radio a un periodista decir que el fútbol barre todas las noticias. No mentía. El resto carece de interés. Hoy en día, gracias a los llamados servicios interactivos, se pueden estar viendo partidos de fútbol 24 horas al día, 7 días a la semana y los 12 meses del año. Las cuatro estaciones. Un aficionado recalcitrante pasa a ser víctima inocente de éste repetitivo ciclón informativo.

Decenas de asesores advenedizos comentan aspectos técnicos en diarias tertulias y debates como si ellos mismos fueran entrenadores colegiados. Creo que en el fondo -les pasa a los árbitros-  todos tenemos algo de futbolistas frustrados y, como no hemos sido llamados a la gloria balompédica propia sólo de unos pocos cientos de privilegiados, nos conformamos con estar cerca, verlo en directo o diferido y hablar hasta la saciedad del partido de turno. Soñar es gratis. Esa especie de nueva religión llena las páginas de los diarios, ocupa cientos de horas de televisión y mueve  miles de millones de  euros.

Es, sin duda, algo digno de estudio, porque en el fondo sólo se trata de un juego donde veintidós personas en pantalón corto intentan meter a patadas -con mejor o peor suerte y destreza- una pelota entre tres palos y para ello, corren  de un lado para otro, se pegan, se insultan, hacen trucos de manos y pies buscando la victoria de su equipo. Algo muy loable y pagado bastante dignamente   tengo entendido.

Tras el evento las “sesudas entrevistas” con jugadores  poco locuaces  y con serios entrenadores suscitan una repercusión mediática interminable. Eso es lo que se ha dado en llamar con cierta grandilocuencia: la grandeza del fútbol, es decir, meter un gol. Si metemos ganamos -gritan enloquecidos- y si no metemos, al menos empatamos o, en el peor de los casos, perdemos. Pura filosofía de almacén. Todo de una importancia relativa porque quien se acuerda de tal o cual resultado al de dos o tres semanas, o quien ganó la liga hace cuatro años, o como fue el gol de fulano o mengano, salvo los de Zarra e Iniesta, claro. Aunque ya se encargan de recordarlo con interminables estadísticas y números de casi todo: goles, saques de esquina, minutos, remates, tarjetas, fueras de juego, etc. Al final  se olvida y constituye  una gran anécdota que ha sido unas horas motivo de conversación-discusión en el trabajo, en bares y tabernas y hasta en el hogar. Algo consustancial a nuestra vida. Para algunos es la vida misma. Un auténtico fenómeno sociológico contemporáneo.

Otros deportes afortunados también disfrutan del beneplácito informativo como el tenis, donde retransmiten partidos hasta la saciedad, los repiten varias veces -como si fueran breves-, luego está el baloncesto, que hace que parezca  inverosímil lo que dan de si treinta y cinco segundos, y que decir de las motos y los coches y las bicicletas. Siento envidia. El taekwondo constituye una auténtica singularidad informativa. No me imagino viendo un campeonato de taekwondo  comentado por un brillante competidor retirado en directo sorteando un equipamiento completo en algún canal público, privado o mixto, con sus repeticiones, entrevistas y análisis posteriores. Sería dxt  ficción.

La cultura de éste país mejoraría notablemente si se diera más pábulo a otros deportes y a sus protagonistas, que les ha costado Dios y ayuda llegar al dichoso podio -sudando el dobok en nuestro caso- en pabellones de cualquier rincón del globo terráqueo, muchas veces en ciudades perdidas que uno busca curioso en el atlas.

Vivimos en una época de homogeneización que constituye un peligro y es  síntoma de decadencia social. Ahora corren buenos tiempos gracias a las  importantes hazañas de los Nadal, Verdasco, Gasol, Alonso, Casillas, Iniesta y Cía, Contador, Freire, Lorenzo, Elías …, que forman parte de una generación espontánea de nombres propios que ha dado luz  a un deporte español siempre en tinieblas (el éxito de Barcelona 92 alumbró pero no fue suficiente).  Este festival de éxitos  puede resultar ser engañoso. Un disfraz que esconde una cierta apatía de gobiernos autonómicos y locales, así como de  empresas con poder económico, para apostar por el deporte en general. Valorar en su justa medida a los mejores de cualquier modalidad sin llegar a ser cortesanos de los privilegiados y efímeros reyes del olimpo deportivo.

Se trata de mantener el brillo de esa luz, no sólo cada cuatro años,  y evitar el panorama particularmente triste de acontecimientos  relevantes de federaciones humildes, con poco  público y ninguna repercusión. También tienen sus miles de aficionados y merecen su minuto de gloria.

El espectáculo deportivo nos proporciona alegría -tan escasa en la actualidad- y se debe mantener, aunque sea por decreto, esa algarabía colectiva que llevan implícitas las diferentes disciplinas y sus competiciones que hacen palidecer  los malos momentos  y diferentes crisis. Facilitar y promover la práctica deportiva desde la infancia, sin fomentar  estúpidas  rivalidades y absurdas discriminaciones, es una obligación para  los políticos del gremio. Intentar hacernos por una vez  felices apostando con imaginación  por un amplio abanico de actividades no por poco conocidas menos atractivas. Que así sea.

Alberto Ibáñez Egia

LA ALEGRIA NAVIDEÑA

“Transitamos por la vida huérfanos de estadísticas que midan y analicen el nivel de la alegría en el ambiente, en la calle. Deberían poner medidores de alegría como miden la contaminación acústica o el clima”

Llega el fin de otro año donde los problemas acumulados se esconden disimuladamente bajo la alfombra  para dejar paso a los buenos sentimientos, al consumismo desmedido y la alegría por decreto. Ahora  deseamos un feliz año a todo el mundo, conocidos y desconocidos, paisanos y forasteros, y esa simpatía espontánea podría ser el principio de una mejor   existencia si no lo circunscribimos sólo a los cuatro días festivos.

El desear felicidad al prójimo debería ser algo natural verbalizado a lo largo de todo el año, no sólo en las  fiestas navideñas. Es más, me atrevería a extender esa sana cordialidad a la multicolor iluminación urbana y los villancicos y los regalos y  la buena mesa. Intentar que ese denominado espíritu navideño durase doce meses, aunque no tengamos incentivos crematísticos ni obligaciones familiares, y el consumo sea más moderado y práctico. De una manera natural, menos hipócrita, y sin esa publicidad mareante que nos impone todos los años la blanca navidad y sus lacayuelos.

Los medios de comunicación ofrecen una oscura complacencia en mostrar reiteradamente los aspectos más sórdidos y tétricos de la vida pero olvidan algo tan necesario como la alegría. El deporte es uno de los escasos generadores  de alegría en la sociedad que nos ha tocado vivir, donde  es noticia todo lo relacionado con la desgracia y el infortunio hasta la extenuación. Recibimos a diario un auténtico martirio con noticias de crisis, desastres y disparates varios hasta llegar a la atractiva sección de deportes, ese remanso de agradables noticias, espectáculo puro y éxitos del deporte español para mayor gloria de don Jaime.

De repente aparecen de la nada informaciones poco halagüeñas sobre siniestros dopadores y galgos corredores (leer  engaño y deporte) con bolsas de sangre, laboratorios clandestinos, paraísos fiscales y famosos deportistas presuntamente involucrados. ¿Qué es esto? Una película de miedo o una pesadilla. El mundo al revés. Los cimientos deportivos parece que se desmoronan por momentos y necesitan abrir las ventanas para ventilarse un poco. Pasamos en un minuto de la grandeza (del fútbol, tenis y otros) a la miseria de todos. De la roja a la negra.

Vivimos rodeados de estadísticas infelices sobre casi todo: crisis, desempleo, crueles enfermedades, violencia de diferente género, robos y asesinatos, accidentes laborales y de tráfico y ferroviarios y marítimos y aéreos, huelgas, crisis de valores y otras catástrofes humanas y naturales. Sin duda un panorama sobrecogedor. ¿Tan difícil es vivir en un mundo más alegre y saludable?.  Ser felices en una palabra. La alegría, el buen humor,  nos hace mejores, aunque por desgracia, muchas veces es inevitable la tristeza y nos vemos obligados a soportarla estoicamente, intentar superar las adversidades y seguir adelante.

Un filósofo oriental decía “benditos sean los idiotas porque son los más felices en la tierra” y no le faltaba razón. Transitamos por la vida  huérfanos de estadísticas que midan y analicen el nivel de la alegría en el ambiente, en la calle. Deberían poner medidores de alegría como miden la contaminación acústica o el clima.

Los políticos nos presentan siempre un escenario demasiado serio, con muchos problemas y soluciones rácanas, buscando  salir en la foto. Y el deporte es una fábrica de imágenes espectaculares y fotografías increíbles. El patio de recreo de reyes y cortesanos, de políticos y ciudadanos, algo de verdadero interés público que hay que mantener limpio.

Mientras no se demuestre lo contrario, la gran mayoría de atletas son buena gente, se sacrifican a diario y entrenan duro para conseguir metas en forma de medallas, fama, becas… y  mejorar la imagen de todo un país y fortalecer su delicado orgullo.

Siempre pululará por cualquier rincón el fantasma del engaño, de rendir más con menos esfuerzo, de lucrarse fácilmente y pasar a la posteridad como un ídolo de masas.  Son muchos los enemigos  sin escrúpulos dispuestos a empujarnos al precipicio ofreciendo recompensas por encima de nuestras limitaciones en forma de dinero, triunfos, reconocimientos y premios.

Con cierta ironía y una  buena dosis de maldad los deportes denominados con ignorancia desconocidos podían apuntarse discretamente al carro del engaño, cometiendo algún delito o simple trastada que les haga protagonistas por un día. Es una auténtica barbaridad, pero parece ser la única manera de salir del anonimato. Aquí sólo se informa de los triunfos de cuatro o cinco deportes, cuando afortunadamente hay grandes campeones  en otras muchas disciplinas, pero se pone a todos, sin dudarlo un minuto, en el punto de mira cuando supuestamente se incumple la Ley. Nunca se equilibra la balanza. Y la víctima es siempre el deporte, profesional o aficionado.

Se acercan los Juegos Olímpicos de Londres, el objetivo de todos los deportistas de bien y la quincena más emocionante para todos los amantes del deporte de competición. Esperemos que no haya más sorpresas desagradables, de momento nos queda disfrutar recordando los inolvidables  triunfos de éste año que termina.

Vamos a desear que el futuro nos depare más éxitos, que buena falta hace para aparcar las frustraciones y salir definitivamente de la mediocridad internacional.  Hay que aprovechar  cada día el abanico de posibilidades vitales, materiales y espirituales, que se nos presenten, sin añoranzas ni melancolías. De esta manera seguro que viviremos más tranquilos y alegres. Que así sea y feliz navidad.

Alberto Ibáñez Egia

Deportes, Taekwondo y la Vía Láctea

“el fútbol debería tener su sección independiente en los periódicos, quizá entre economía y deportes”

Podemos decir sin margen de error que el fútbol es el deporte rey. Su nacimiento se produjo hace un montón de lustros y nada ni nadie parece poder eclipsar su poder. Es el Neptuno del universo deportivo. Ese particular universo en el que orbitan diferentes disciplinas deportivas – hay 48 federaciones deportivas vascas- y donde sólo algunas pocas privilegiadas tienen un seguimiento informativo ininterrumpido.

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Siempre he pensado que el fútbol, ese espectáculo centenario que mueve masas y creen entender de verdad casi todos y del que todos opinan convencidos debería tener su sección independiente en los periódicos, quizá entre economía y deportes y, por extensión, en todos los medios de comunicación hasta hoy inventados y en uso.
En los tiempos que nos toca vivir es patente una carencia de asuntos en cualquier conversación, con la excepción de la eterna crisis macroeconómica; de los inevitables problemas de salud y los aburridos y reiterativos comentarios sobre la actual coyuntura política. Recuerdo que antaño el lunes era el día del comentario futbolero por excelencia, pero ahora, gracias al ingente despliegue informativo y a los inacabables torneos y campeonatos nacionales e internacionales del balón, el chascarrillo de los peloteros dura toda la semana. A esto ha ayudado la televisión especializada, el gran número de expertos y comentaristas deportivos y el hecho de que cualquier asunto, por muy insignificante, constituye una relevante noticia.
El argot futbolero es parte de nuestro ciclo vital y se camufla como un virus en todo tipo de conversación:
-Su nacimiento fue una auténtica “victoria agónica” en el “tiempo de descuento”.
-Luego tardó en “salir de la cueva” y le “metieron un gol” para estar “sólo contra el mundo”.
-Y, sin apenas oportunidades, en “el segundo tiempo”, se casó “de penalti”.
-Lo más triste fue que tras cometer varios “fuera de juego” escuchó el “pitido final” sin ninguna “prórroga” para dar así por terminado “el partido del siglo”.
El fútbol permanece en nuestras vidas desde el minuto uno hasta el último suspiro. Dicen los sesudos filósofos que nada es inevitable salvo la muerte. Y añadiría las retransmisiones deportivas de los audiovisuales relacionada exclusivamente con el balompié.

“El argot futbolero es parte de nuestro ciclo vital y se camufla como un virus en todo tipo de conversación”

Pero volviendo al espacio sideral deportivo también existen disciplinas que, aún estando a años luz del fútbol, tienen una cobertura informativa exquisita.
Esos planetas se llaman baloncesto, motociclismo, tenis, atletismo, Fórmula I, balonmano y, ya en el norte peninsular, pelota, remo y deporte autóctono. Todos esos planetas y algún satélite que otro, en mayor o menor medida, tienen un envidiado seguimiento televisivo gracias a otro universo paralelo: el de los intereses económicos y el patrocinio millonario. La auténtica Liga BBVA de los campeones, sin tapujos. La mejor de Europa. El juego de banqueros, inversores y prebostes, donde el dinero corre más rápido que los jugadores.
En el extrarradio galáctico pululan deportes apodados con cierto desdén minoritarios. Esos pobres nunca salen en los escaparates televisivos y, por ende, nadie –salvo sus practicantes y familiares- conocen. Siempre con la excepción de algún héroe que logra una enorme medalla, sin importar su color, europea o mundial –y no digamos olímpica- o, desgraciadamente, por algún escándalo de dopaje o extradeportivo.
Al observar el taekwondo se puede catalogar como cometa oriental que aparece cada cuatro años atravesando veloz el firmamento. Es curioso, pero en éste tipo de disciplinas constituye una noticia en sí mismo el hecho de haber ocupado unos minutos de TV o una página con foto (en blanco y negro o color) en cualquier periódico de información deportiva o general.

“en éste tipo de disciplinas constituye una noticia en sí mismo el hecho de haber ocupado unos minutos de TV o una página con foto”

Liderando ésta particular Vía Láctea brilla el Sol. Al coloso astro lo relaciono con el Comité Olímpico, el Consejo Superior y otros organismos autonómicos y locales que, juntos pero no revueltos, gestionan el deporte bajo el cimborrio patrio. Con su omnipotencia coordinan ese totum revolutum de atletas publicando leyes de obligado cumplimiento por doquier y dictando normas envueltas en el todavía no universal concepto de dopaje cero. El funcionamiento óptimo de la maquinaria deportiva depende de ellos.
Creo que el mundo del deporte no es mediocre aunque puedan infiltrarse mediocres, como en tantos mundos terrenales. Para evitar más decadencias de las que ya nos invaden debemos buscar estímulos y el deporte es el modelo idóneo para ello. Lo tenemos cerca y nada une más a las personas de cualquier ideología o clase social. Espectáculo privado o público, individual o compartido, competitivo pero no excluyente, y siempre limpio. Buscar la disciplina que nos agrade y divierta del gran abanico de posibilidades (cuarenta y ocho, recuerdo) y huir de la uniformidad. La pluralidad cultural y deportiva de un país indica la calidad de vida de las personas que lo habitan. Ese estado del bienestar del que tanto se habla. En eso debemos de estar. Hay que aprovechar ese camino que nos ofrece el deporte, junto a una eficaz gestión del ocio y su potencial económico para salir de la dichosa crisis.
Contemplemos la Vía Láctea en silencio, respiremos hondo, encontremos en libertad nuestra opción predilecta y a disfrutar, que esto se acaba pronto.

Alberto Ibáñez Egia 2012